miércoles, 29 de octubre de 2014

Cuatro

Las noches frías en las Montañas Iméticas eran bien conocidas por los lugareños. Era una noche de luna llena, tormentosa y hacía nada que había llovido. El viento era racheado y traía olores de nieve. Sir Conrad estaba seguro de que tras el repecho que intuía delante estaba su objetivo, pero andar de noche, entre un bosque disperso de encina y pino, junto con seis personas más, tres burros y con la sola luz de la luna, no ayudaba en absoluto a avanzar con mayor celeridad.
  Llevaba el Augmen encendido y lo miraba continuamente, como para comprobar que no se estaba equivocando y seguía el rumbo correctamente. Tenía que llegar a la zona esta misma noche y antes de que Salvamento llegase porque no quería que un objeto que iba en la bodega de carga cayese en manos de sus competidores.

  Tras unos interminables quince minutos pudo llegar al repecho, y ansioso miró abajo. Su corazón estaba desbocado, tanto por el esfuerzo como  por la ansiedad de encontrar lo que estaba buscando. Nubes de vaho se formaban en su boca y nariz  por el aire exhalado y el viento, que se volvía a levantar, las disipaba tan rápido como se formaban. Sir Conrad fijó su mirada en la ladera y vio lo que esperaba encontrar. El Augmen de su mano soltaba un chirrido agudo, la pantalla daba un valor muy alto y no oscilaba señalando de este modo la fuente de los chirridos. En la ladera que tenía ante sus ojos descansaban los restos de un aeroglobo. Estaba desparramado por todos los lados y aún se podían ver zonas donde pequeños fuegos seguían encendidos. También había cajas y sacos de todos los tipos y tamaños y los objetos que contenían se encontraban esparcidos a lo largo de la trayectoria de colisión que tuvo el aeroglobo. Guardó el Augmen en la mochila que llevaba a su espalda, tomó los prismáticos y empezó a buscar desesperadamente por la zona. Los porteadores estaban llegando a su posición cuando levantó la mano y soltó un bufido en señal de silencio. Estuvo unos minutos mirando hasta que bajó los brazos, dejó colgando de su cuello los prismáticos y comenzó a descender atropelladamente. Evitó como pudo varios restos del fuselaje y trozos de cajas, así como objetos de diferente naturaleza hasta que llegó a su objetivo. Se paró en medio de la ladera y al lado de un trozo de fuselaje donde unas brasas de un incendio casi extinto, provocaban un baile de luces y sombras en el rostro de Sir Conrad que lo transfiguraba y le hacía parecer un poseso. Se arrodilló al lado de una caja de metal con varias abolladuras, quemaduras y desconchones pero que seguía cerrada. En un lado de la misma había una insignia que prácticamente no se veía pero que fue suficiente para reconocer la caja correctamente. Sir Conrad sacó una pequeña llave de dientes intrincados y la utilizó para abrir la caja. No tuvo problema alguno y pudo acceder a lo que contenía. Rápidamente lo sacó y lo metió en su mochila.

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